| Revista Amazónica. Ciencia y Tecnología|Vol. 11 No 2|https://doi.org/10.59410/RACYT-v11n02ep04-0193 |
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comunicacional y prácticamente ajenos al subcorpus
académico.
Esta distancia léxica inicial sugiere que ambos
subcorpus no solo emplean vocabularios distintos, sino
que construyen posiciones enunciativas diferenciadas
frente al objeto amazónico: mientras el académico
produce categorías analíticas (“neoextractivismo”,
“gobernanza”, “biocéntrico”), el subcorpus
comunicacional nombra actores concretos, víctimas,
perpetradores y demandas jurídicas. El análisis de las
redes de coocurrencias con once términos clave
(“ambiental”, “ambiente”, “conflicto”, “conservación”,
“contaminación”, “explotación”, “extractivismo”,
“ilegal”, “minería”, “naturaleza” y “petrolera”) permite
precisar cómo cada subcorpus estructura
semánticamente estos núcleos compartidos.
La palabra “ambiental” coocurre en el corpus
académico principalmente con “gobernanza” (177,7),
“socio” (139,4) y “climático” (117,4), articulando un
marco de gobernanza ambiental latinoamericana
donde el compuesto “socioambiental” opera como
unidad léxica consolidada (distancia media: 0,88). En
los comunicados, “ambiental” se vincula a “consulta”
(169,8), “impacto” (61,5) y “participación” (53,6),
anclando el término en el andamiaje jurídico-
administrativo de la consulta previa. Esta divergencia
indica que el corpus académico problematiza lo
ambiental desde la coordinación institucional y el
cambio climático, mientras que el comunicacional lo
hace desde los mecanismos de defensa jurídica
comunitaria.
La palabra
“naturaleza” activa en el corpus académico
una red semántica filosófica y jurídica: “humano”
(205,6), “ser” (173,3), “relación” (133,2), “derecho”
(127,0), “armonía” (79,6), “sujeto” (65,9) y
“cosmovisión” (35,9). Esta constelación apunta al
debate sobre los derechos de la naturaleza y la
ontología indígena como marco alternativo. En los
comunicados, la red de “naturaleza” se humaniza
menos y se territorializa más, aunque los análisis de
especificidad muestran que aparece transversalmente
ligada a “derechos” y “defensor”.
La palabra “extractivismo” revela una de las
asimetrías más pronunciadas. En el corpus académico,
el campo es de alta densidad teórica: “neo” (104,6;
distancia media 0,3, casi adyacente), “progresista”
(37,5), “neoextractivismo” (16,1) y “ecología” (14,2),
delimitando el debate académico latinoamericano. En
el comunicacional, en términos de coocurrencia léxica
y relevancia temática, este campo es marginal (solo 88
formas coocurrentes frente a 385 en el académico y no
define ningún modelado de tópicos LDA), lo que indica
que el término “extractivismo” como categoría teórica
es prácticamente una propiedad exclusiva del discurso
académico. Los comunicados prefieren nominar
directamente la minería o la explotación petrolera
antes que abstraerlas bajo la categoría de
“extractivismo”.
Las palabras
“conflicto”, “minería” e “ilegal” exhiben
patrones complementarios. En el corpus académico,
“conflicto” coocurre casi exclusivamente con
“socioambiental” (207,7; distancia 0,4), extendiéndose
hacia “armado” (127,2), “minero” (41,9) y “agrotóxico”
(37,1), revelando las causas estructurales desde una
perspectiva analítica. En los comunicados, el mismo
campo se criminaliza: “minería” e “ilegal” forman una
colocación casi fija (Score: 308,2; distancia media:
0,69), acompañada de “oro”, “minero”, “mercurio”,
“crimen” y “coalición”. La diferencia cualitativa es
reveladora: mientras el académico extiende la
ilegalidad hacia “tráfico”, “coltán” y “Guainía” como
geografía de la ilegalidad extractiva con especificidad
territorial, los comunicados la conectan con
“narcotráfico”, “crimen organizado” y “criminal”,
enmarcándola como fenómeno transnacional de
violencia.
La palabra
“conservación” construye en el corpus
académico el campo técnico-científico más denso:
“biodiversidad” (203,3), “área” (168,1), “sostenible”
(159,1), “ecosistema” (85,5) y “restauración” (74,2). En
los comunicados, los términos de conservación
aparecen integrados en la denuncia territorial:
“territorial”, “local”, “deforestación”, “ecosistema” y
“biodiversidad” funcionan como parte de un léxico de
salvaguarda frente a la amenaza inminente. La
palabra “contaminación”, por su parte, exhibe un
contraste epistemológico nítido. En el corpus
académico, el campo es fisicoquímico y técnico: “agua”
(178,6), “suelo” (66,5), “aire” (65,7), “atmosférico”
(39,3) e “hídrico” (25,4). En los comunicados, el mismo
campo se humaniza: “agua” (85,0), “mercurio” (55,1),
“río” (34,4), “salud” (17,4) y “pez” (9,6). La aparición de
“salud” y “pez
”
en los comunicados —ausentes o
marginales en el académico— indica que la
contaminación se construye discursivamente como
amenaza directa a la cadena alimentaria y a la salud
comunitaria, no como fenómeno abstracto.
El contraste entre las redes de coocurrencia confirma
que ambos subcorpus operan como regímenes
discursivos diferenciados que no solo poseen
vocabularios distintos, sino que estructuran la
realidad ambiental amazónica desde posiciones
epistemológicas contrapuestas. El subcorpus
académico despliega un marco analítico-explicativo
orientado a producir herramientas teóricas: nombra
estructuras (“capitalismo”, “neoextractivismo”),
construye categorías híbridas (“socioambiental”,
“biocéntrico”) y diferencia escalas y actores desde la